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  • qué visitar cerca de tu escuela de arquitectura: 54 obras a menos de 1h30

    qué visitar cerca de tu escuela de arquitectura: 54 obras a menos de 1h30

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    01 — madrid, alcalá y toledo

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    11 — valladolid

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    13 — las palmas

    leelo

    ¡Hola, curiosos! La carrera de arquitectura no empieza en septiembre: empieza el día que empiezas a mirar los edificios de otra manera. Y para eso no hace falta haber pisado la escuela, basta con una tarde libre, un coche y saber a dónde ir.

    Aquí tienes el mapa completo. Hemos recorrido las 19 ciudades con escuela de arquitectura de España y reunido, para cada una, qué merece la pena visitar a menos de hora y media en coche. Son 54 obras entre imprescindibles y escapadas que casi nadie hace, que es donde está lo bueno. La regla es sencilla: todo lo que aparece está dentro de ese radio de hora y media desde una escuela. Cada obra tiene su enlace a Google Earth más arriba, en «Enlaces de interés», para que la veas en 3D antes de ir.

    Madrid, Alcalá y Toledo

    Madrid concentra ocho escuelas, así que empezamos aquí. La primera parada es el Gimnasio Maravillas, de Alejandro de la Sota, en la calle Joaquín Costa: desde la acera parece un muro más, y esa es justamente la lección, porque detrás se esconde la sección más estudiada de la arquitectura española del siglo XX. Es de esas obras que hay que ver a pie, porque desde el aire no cuentan nada.

    Después, Torres Blancas, de Sáenz de Oiza: un árbol de hormigón de 1969 en el que las terrazas curvas van creciendo alrededor del tronco de comunicaciones. En el paseo del Prado, el CaixaForum de Herzog & de Meuron, con la planta baja retirada para que el edificio parezca flotar y el jardín vertical de Patrick Blanc a un lado. Y, si puedes, el Hipódromo de la Zarzuela: las marquesinas de Eduardo Torroja, de 1935, son láminas de hormigón que se afinan hasta unos pocos centímetros de canto y todavía parecen un truco.

    ¿La escapada? Toledo entero, a una hora. Y un apunte: en Toledo y en Alcalá también hay escuela, así que, si estudias allí, la ecuación se invierte y Madrid es tu escapada.

    Barcelona y Sant Cugat

    En Barcelona el problema no es qué ver, sino elegir. El consejo es empezar por el Pabellón de Mies van der Rohe y pasar media hora dentro, sin prisa y sin móvil: desde el satélite casi no existe, y esa es la primera lección, que hay arquitectura que solo vive a la altura de los ojos.

    A veinte minutos, en Sant Just Desvern, está Walden 7: el sueño de Ricardo Bofill, un pueblo entero metido en un edificio rojo, con patios y puentes por dentro, y con la antigua fábrica de cemento donde montó su estudio justo al lado. Y la escapada que casi nadie hace, a cincuenta minutos, es el cementerio de Igualada, de Enric Miralles y Carme Pinós: desde el aire es una cicatriz en el paisaje, un camino que baja entre taludes de nichos, y se recorre en silencio. Si estudias en la ETSAV, en Sant Cugat, tienes además un claustro románico a cinco minutos de clase.

    Girona

    Girona tiene truco. La ciudad ya vale el viaje —el Barri Vell y una catedral con la nave gótica más ancha del mundo, veintitrés metros sin una sola columna—, pero el motivo real de esta parada está a cincuenta minutos, en Olot. Es territorio de RCR, el estudio que ganó el Pritzker en 2017 sin moverse de su comarca.

    Busca el estadio de atletismo de Tossols-Basil: una pista encajada en el bosque sin talar un solo árbol, con los troncos formando parte de la instalación. Así trabaja RCR, dejando que el paisaje mande. Y a cinco minutos, los pabellones de Les Cols: acero cortén, vidrio y niebla volcánica. Si empiezas en Girona, empieza por ahí.

    Reus y Tarragona

    Reus presume de ser la ciudad natal de Gaudí, pero lo que se visita de verdad es otra cosa: la Casa Navàs, de Domènech i Montaner, en plena plaza del Mercadal, uno de los pocos interiores modernistas que se conservan completos. Del mismo arquitecto es el Institut Pere Mata, un psiquiátrico modernista organizado en pabellones entre jardines.

    A quince minutos, Tarragona: dos mil años de anfiteatro romano en primera línea de mar, con la muralla y el acueducto para completar el día. Y la escapada buena son las catedrales del vino de Cèsar Martinell, discípulo de Gaudí, repartidas por el Priorat y la Terra Alta. La de Pinell de Brai, a una hora, se visita por dentro: bóvedas de catedral al servicio de una cooperativa agrícola, en un pueblo de mil habitantes.

    Valencia y Alicante

    En Valencia está, cómo no, la Ciudad de las Artes y las Ciencias, de Calatrava. Recórrela con ojos de estudiante —estructura, escala, materiales, mantenimiento—, porque es lo más fotografiado y lo más discutido de su autor y conviene sacar conclusiones propias. Dentro del mismo complejo, las láminas de hormigón del Oceanogràfic son herencia de Félix Candela. Y en el centro, la Lonja de la Seda: gótico civil del siglo XV, con columnas helicoidales que parecen palmeras torcidas, Patrimonio de la Humanidad.

    Si estudias en Alicante, tu propio campus es un catálogo de arquitectura española de los noventa, con el museo semienterrado de Alfredo Payá como pieza estrella. Y la escapada la compartís las dos escuelas: Calpe, con la Muralla Roja de Bofill —la de todas las fotos— y Xanadú al lado. Son residenciales privados, se ven solo desde fuera y, aun así, el viaje compensa: cincuenta minutos desde Alicante, hora y cuarto desde Valencia.

    Cartagena y Murcia

    Cartagena es de las escuelas con más suerte, y casi nadie lo dice. Sin salir de la ciudad tienes el auditorio El Batel, de Selgascano, una caja translúcida asomada al puerto que de noche se enciende como una lámpara, y el Museo del Teatro Romano, de Rafael Moneo: el teatro está incrustado en pleno centro y el museo te lleva por debajo de las casas hasta desembocar en la grada. Una lección de cómo se entra en una ciudad histórica.

    A cuarenta y cinco minutos, Murcia, con el edificio municipal de Moneo plantado frente a la catedral: una fachada pensada como un retablo. Compara las dos obras del mismo arquitecto y ya tienes hecho tu primer análisis del curso.

    Sevilla

    En Sevilla, la parada contemporánea son las Setas, de Jürgen Mayer: una de las estructuras de madera más grandes del mundo flotando sobre el casco histórico, y un debate permanente sobre lo que cuesta un icono. Después baja al Real Alcázar, porque el mudéjar es la primera prueba de que la arquitectura española nunca fue de un solo estilo. En la Cartuja, el Pabellón de la Navegación, de Vázquez Consuegra, es lo mejor que dejó la Expo del 92.

    Y la escapada: Itálica, a veinte minutos, un anfiteatro romano para veinticinco mil personas que probablemente tendrás casi para ti.

    Granada y Málaga

    Granada juega con ventaja. La Alhambra no es una visita, es la asignatura que vas a repetir todos los años de la carrera: desde arriba se lee la lógica de la colina —los palacios, los patios, el agua bajando desde el Generalife— y da igual cuántas veces vuelvas, porque cambia con la estación. En clave contemporánea, el Museo de la Memoria de Andalucía, de Campo Baeza, responde con un patio elíptico al palacio de Carlos V. Y un detalle: tu propia escuela, en el Campo del Príncipe, es una rehabilitación premiada de Víctor López Cotelo, así que estudiarás dentro de una lección.

    A hora y media, Málaga: el cubo de colores del Pompidou en el Muelle Uno y la Alcazaba, con sus patios de agua y sombra, como versión de bolsillo de lo que viste en Granada. Los dos bloques se cruzan, porque desde cualquiera de las dos escuelas tienes la otra ciudad a tiro.

    Zaragoza

    Zaragoza es la ciudad donde las exposiciones dejaron huella. De la Expo de 2008 quedan el Pabellón Puente de Zaha Hadid, tumbado sobre el Ebro como un nenúfar y hoy reconvertido en Mobility City, y la Torre del Agua. Del siglo XI, la Aljafería: yeserías que son puro encaje, joya del arte taifa y hoy sede de las Cortes de Aragón. Y del presente, el CaixaForum de Carme Pinós, con dos cajas suspendidas sobre el vestíbulo. Todo esto, sin coger el coche.

    San Sebastián, Pamplona y Bilbao

    El norte es un triángulo perfecto. En San Sebastián, el Kursaal de Moneo: dos cubos de vidrio varados en la desembocadura del Urumea, girados a propósito porque pertenecen al mar y no a la calle, y que de noche son dos linternas. Al final de Ondarreta, el Peine del Viento, donde Chillida y Peña Ganchegui demostraron que una plaza puede ser el final del mundo; y a quince minutos, Chillida Leku, el caserío y el bosque donde vive su obra.

    Si estudias en Pamplona, tienes el Museo Universidad de Navarra, también de Moneo, dentro del campus, y a veinte minutos el Museo Oteiza, en Alzuza, un cubo de hormigón rojizo de Sáenz de Oiza. Y desde San Sebastián, Bilbao a una hora: el Guggenheim de Gehry —titanio retorciéndose en la ría, el edificio que cambió una ciudad entera—, el metro de Foster y la Azkuna Zentroa. Un fin de semana y has visto medio siglo de arquitectura.

    Valladolid

    Valladolid tiene lo suyo —la fachada de San Pablo, tallada como un retablo de piedra, y el Museo Patio Herreriano, arte contemporáneo en un antiguo monasterio—, pero su verdadero superpoder es la posición. A una hora, Zamora: el Consejo Consultivo de Campo Baeza, una caja de vidrio dentro de un recinto de piedra, más una de las mayores concentraciones de románico de Europa.

    A hora y media, León, con el MUSAC de Mansilla y Tuñón, cuya cubierta en dientes de sierra y fachada de vidrios de colores traducen una vidriera de la catedral que tienes a diez minutos. Y a hora y cuarto, Salamanca. Pocas escuelas tienen tanto en un radio tan corto.

    A Coruña

    En A Coruña tienes la Domus, de Arata Isozaki, una vela curvada de pizarra frente al mar, y la Torre de Hércules, el faro romano más antiguo del mundo que sigue en funcionamiento: dos mil años encendido. Pero la escapada es de las mejores del mapa: Santiago, a menos de una hora.

    Allí está el CGAC de Álvaro Siza, granito gallego y luz medida, y en el monte Gaiás la Cidade da Cultura de Eisenman: la colina entera convertida en edificio, con las calles talladas como una concha. Gigantesca, inacabada, polémica. Precisamente por eso hay que pisarla, para formarte una opinión propia, que de eso va este canal.

    Las Palmas

    Y cruzamos a Canarias. En Las Palmas tienes el CAAM, con la intervención blanca de Sáenz de Oiza escondida tras una fachada histórica de Vegueta, y el Auditorio Alfredo Kraus, de Óscar Tusquets, cerrando la playa de Las Canteras como un castillo frente al Atlántico. Entre ambos, una ciudad llena de racionalismo de Miguel Martín-Fernández de la Torre. En una isla, hora y media de radio te lo da prácticamente todo.


    Hasta aquí el mapa. Un último consejo: no intentes verlo todo. Elige dos o tres sitios y ve con calma, que mirar despacio es la mitad del oficio.

    Y si todavía no sabes dónde vas a estudiar, en universidades.miradapropia.org tienes el buscador con todas las escuelas de arquitectura de España, sus notas de corte y la búsqueda por cercanía. Cuéntanos en los comentarios de qué escuela eres y qué has visitado, que este canal se construye con eso. ¡Hasta la próxima!

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  • superficies regladas: las curvas de gaudí hechas con líneas rectas

    superficies regladas: las curvas de gaudí hechas con líneas rectas

    las curvas de gaudí parecen imposibles de dibujar… hasta que descubres que están hechas solo de líneas rectas. en este vídeo te explico qué son las superficies regladas y cómo gaudí las usó en la sagrada familia para construir lo imposible casi sin cálculos: la escalera de caracol, las bóvedas, los hiperboloides y el bosque de columnas.

    leelo

    ¡Hola, curiosos!

    Bienvenidos a miradapropia. Hoy nos metemos en uno de los trucos más bonitos de Antoni Gaudí: cómo dibujó y construyó curvas imposibles usando únicamente líneas rectas. La idea que hay detrás de casi toda la Sagrada Familia tiene nombre —superficie reglada— y, una vez la entiendes, ves la geometría de Gaudí con otros ojos.


    ¿Qué es una superficie reglada?

    Una superficie reglada es cualquier superficie que puedes generar moviendo una sola recta por el espacio. Coges una línea, la desplazas siguiendo una regla, y el rastro que deja es la superficie.

    El resultado tiene una propiedad preciosa: es curva por fuera, pero recta por dentro. Y eso, para construir, lo cambia todo, porque una recta es lo más fácil del mundo de medir, cortar y montar. Gaudí no tenía ordenadores: tenía cuerdas, listones y reglas. Las superficies regladas eran su forma de construir lo imposible con lo más simple.


    La escalera de caracol

    El ejemplo más reconocible es la escalera de caracol de la Sagrada Familia, ese caparazón de nautilus que has visto mil veces en fotos. Pues es exactamente lo anterior: una recta que sube girando.

    Coges el peldaño —una línea recta— y lo vas rotando y elevando un poco en cada paso. Ese movimiento genera un helicoide. Gaudí no dibujó la curva: dibujó la recta y dejó que el giro hiciera el resto. Un helicoide que, literalmente, se camina.


    El paraboloide hiperbólico

    Subimos un nivel con el paraboloide hiperbólico. Si te suena a chino, quédate con su apodo: la silla de montar. Sube por dos esquinas y baja por las otras dos.

    Lo interesante es cómo nace: una familia de rectas lo barre de lado a lado, y una segunda familia lo cruza en la otra dirección. Dos juegos de líneas rectas, y entre ellos queda tejida toda la superficie curva. Por eso los albañiles podían encofrarla con listones derechos.

    Y además aguanta sola: en una dirección se forma un arco que baja la carga a compresión, y en la perpendicular la curva trabaja al revés, a tracción, como un cable. Las mismas rectas que dibujan la forma son las que la sostienen.


    Las bóvedas de la nave

    Eso lo puso Gaudí en las bóvedas de la nave: superficies alabeadas que parecen imposibles de replantear y que en realidad son paraboloides hiperbólicos, rectas que se cruzan en el aire.

    Donde tú ves una bóveda ondulada y carísima, el cantero veía dos juegos de líneas rectas que sabía marcar con un cordel. La cubierta entera es superficie reglada: compleja de imaginar, sencilla de construir. Esa es la firma de Gaudí.


    El hiperboloide de una hoja

    Y llegamos a la estrella, el hiperboloide de una hoja. Volvemos a las barras verticales del principio: giras la tapa y la pared recta se estrangula en el centro y se abre arriba y abajo. Una cintura curva, otra vez, hecha solo de rectas.

    Si añades la familia de rectas que gira al otro lado, las dos se entrelazan en una red que se sostiene sola. Estructuralmente es lo mismo que el paraboloide pero en vertical: una familia comprime, la otra tracciona, y casi no hay flexión. Por eso una malla tan fina aguanta tanto. La geometría es la estructura.


    El bosque de columnas

    Cuando juntas todo lo anterior dentro de un edificio, aparece el bosque de columnas de la Sagrada Familia. Columnas que se ramifican como árboles para repartir la carga, y entre ellas bóvedas-lucernario hiperbólicas: hiperboloides que se abren al cielo y dejan caer la luz por el centro.

    Esos puntos que brillan son geometría dejando entrar el sol. Geometría que es, a la vez, luz y estructura. Belleza que no se le añadió encima: salió de cómo está construido.


    Por qué Gaudí

    Entonces, ¿por qué Gaudí se obsesionó con estas superficies? No era capricho estético. Sin ordenadores ni software, necesitaba formas que se pudiesen replantear y encofrar con medios rectos, y la recta es la herramienta más antigua que existe: una cuerda, un listón, una regla.

    Resúmelo así: hiperboloides para traer la luz, paraboloides para resolver las bóvedas. Toda esa complejidad, apoyada en líneas rectas.

    Si te interesa cómo calculaba Gaudí sus estructuras casi sin papel, lo cuento en 5 estructuras geniales de Antoni Gaudí. Y si quieres ver todo esto en su sitio, date una vuelta por la Sagrada Familia.

    La próxima vez que veas una de estas formas, ya sabes el secreto: piensa en rectas, construye curvas.

    ¿Cuál de estas superficies te ha sorprendido más? Cuéntamelo en los comentarios.

    ¡Hasta la próxima!

    El paraboloide es uno de los cinco recursos con los que gaudí calculaba casi sin papel; los otros cuatro están en 5 estructuras geniales de antoni gaudí. Y como la geometría explica cómo se dibuja pero no cómo baja el peso, ese recorrido lo tienes en estructura básica. Para comprobar con números el forjado (losa) o el soporte que acabes dibujando, el comprobador está en estructuras-elu.miradapropia.org.

  • 5 estructuras geniales de antoni gaudí

    las estructuras de gaudí no son solo bellas: son una clase magistral de eficiencia estructural. en este vídeo te explico los 5 principios que antoni gaudí usaba para calcular sus obras casi sin papel, desde la catenaria invertida hasta las columnas árbol de la sagrada familia.

    leelo

    ¡Hola, curiosos!

    Bienvenidos a miradapropia. En el vídeo de hoy nos vamos a meter en la cabeza de Antoni Gaudí para entender cómo calculaba sus estructuras. Porque sí: además de hacer obras espectaculares, era un genio de la estructura. Vamos a ver los cinco principios que usaba para que sus edificios funcionasen casi sin un solo cálculo en papel.


    1. La catenaria invertida

    Empezamos por la más sencilla. Cuando cuelgas una cuerda o una cadena desde dos puntos, esta dibuja en el aire la forma de una catenaria. No es una parábola, aunque se parezca: es una curva propia que aparece solo bajo el efecto del peso.

    ¿Por qué nos interesa esto? Porque la gravedad le da forma a esa cuerda de manera que las fuerzas se distribuyen lo más uniformemente posible. Cada tramo de la cuerda trabaja a tracción pura, sin flexión, sin cortante, sin nada más.

    Pero claro, una cuerda colgada va hacia abajo, no hacia arriba. ¿Cómo construyes un edificio con eso? Gaudí hacía algo aparentemente sencillo: dibujaba la catenaria y luego la giraba al revés. Al invertirla, lo que antes estaba a tracción pura pasa a estar a compresión pura.

    ¿Qué consigues con eso? Una forma que se sostiene con materiales que solo funcionan a compresión, como el ladrillo o el hormigón. Sin armaduras complejas, sin tirantes. La forma resuelve el cálculo.

    Lo puedes ver con tus propios ojos en el desán de la Casa Milà (La Pedrera) en Barcelona: una sucesión de arcos catenarios de ladrillo que sostienen toda la cubierta.


    2. Las maquetas colgantes con cargas puntuales

    Lo anterior estaba bien para arcos simples. Pero los edificios reales no tienen cargas uniformes: hay pilares que reciben más peso, otros que reciben menos, vigas que apoyan en ciertos puntos. ¿Cómo se calcula eso sin ordenadores?

    Gaudí hacía maquetas colgantes. Tomaba hilos y cuerdas y, en ciertos puntos concretos, colgaba pequeños pesos. Cuanto mayor el peso, más se estiraba esa parte de la cuerda. La forma final ya no era una catenaria pura, sino una mezcla de curvas que respondía a las cargas reales del edificio.

    Al darle la vuelta a la maqueta, esos puntos donde colgaba peso se convertían en los puntos que iban a soportar carga en la estructura real. La forma que veía hacia abajo era exactamente la forma óptima al revés.

    Esto lo puedes ver en la cripta de la Colonia Güell, una de las obras más experimentales y técnicamente brillantes de Gaudí. Es básicamente una maqueta colgante construida a escala real.

    Y lo mejor: este método sigue funcionando hoy. Solo necesitas una cuerda, unos pesos y un poco de paciencia. Cuelga, mide, fotografía, dale la vuelta a la foto y ya tienes una forma estructural óptima que puedes dibujar en AutoCAD.


    3. Las columnas inclinadas

    Hasta aquí hemos visto cómo Gaudí daba forma a los arcos y bóvedas. Pero los arcos y las bóvedas tienen un problema clásico: generan empujes horizontales en su base. Es decir, además de aplastar hacia abajo, tienden a abrir las paredes hacia los lados.

    La solución histórica son los arbotantes: piezas auxiliares que contrarrestan ese empuje. Las catedrales góticas están llenas de ellos. Pero a Gaudí no le gustaban. Buscaba que la estructura no necesitara nada más que sí misma.

    ¿Cómo lo resolvió? Inclinando las columnas. En lugar de poner pilares verticales y luego añadir arbotantes para corregir los empujes, Gaudí inclinaba las columnas para que su eje quedara alineado con la dirección de las fuerzas. Así, todo el empuje del arco bajaba en línea recta por la columna hasta el suelo.

    El resultado: no hace falta arbotante, ni tirante, ni nada externo. La forma de la columna ya lleva la fuerza al suelo por sí sola.

    Lo puedes ver muy claro en el pórtico del Park Güell, donde las columnas inclinadas crean ese efecto característico de “túnel” que parece desafiar la lógica visual pero que estructuralmente es la forma más eficiente posible.


    4. El paraboloide hiperbólico

    Ahora entramos en territorio más complejo. ¿Cómo construyes una forma curva con elementos rectos? Esta pregunta tiene una respuesta elegante: el paraboloide hiperbólico.

    Imagina un cilindro hecho con líneas verticales paralelas. Es una forma curva resuelta con elementos rectos, pero es débil frente a fuerzas horizontales: no tiene nada que la rigidice lateralmente.

    Si en lugar de mantener esas líneas verticales las giras un poco, de manera que cada una se inclina ligeramente respecto a la siguiente, obtienes una superficie curva en doble dirección. Los empujes verticales bajan por las líneas rectas, y los empujes horizontales se distribuyen gracias al giro entre ellas.

    Es geometría pura: superficies curvas resueltas con líneas rectas. Se construye con regla, no con plantillas.

    Esto lo encuentras en muchas zonas de la Sagrada Familia, especialmente en ciertas bóvedas y los remates de las torres. Una vez te fijas, lo ves por todas partes.


    5. Las columnas árbol

    Y para el final, el principio más bonito y espectacular: las columnas árbol de la Sagrada Familia.

    A primera vista parecen una decisión puramente formal: imitar la naturaleza, hacer que el interior parezca un bosque. Pero no es así. Cada columna está pensada para resolver un problema estructural concreto.

    Aplica el mismo principio de las maquetas colgantes con cargas puntuales, pero aplicado a una cubierta real. En la punta de cada “rama” hay una carga puntual que la columna recoge. A medida que bajan, las ramas se unen entre sí, sumando cargas, hasta que todo el peso se concentra en una sola base que llega al suelo.

    ¿Por qué es tan eficiente? Porque cada elemento solo tiene que aguantar lo que recibe en su punto. Si en vez de columnas árbol tuvieras que recoger todas esas cargas con una jácena o viga horizontal, esa viga tendría que tener una sección enorme para no romperse. Con las columnas árbol, el peso se reparte de forma natural y la estructura “no pesa” tanto visualmente.

    Esto lo puedes ver en la nave central de la Sagrada Familia: techo altísimo, columnas que se ramifican, y una sensación de ligereza imposible si entiendes que ahí arriba hay miles de toneladas.


    Forma y cálculo son la misma cosa

    Si algo une los cinco principios de Gaudí es esto: para él, la forma es el cálculo. No hay separación entre lo bonito y lo estructural. Las catenarias invertidas son bellas porque son eficientes. Las columnas inclinadas son raras porque siguen las fuerzas. Las columnas árbol parecen un bosque porque resuelven cargas puntuales como las resolvería un árbol real.

    Es la lección más útil que se puede sacar de su obra: cuando la forma resuelve un problema real, no hace falta decorarla.

    ¿Habías estado en alguna de estas obras? ¿En cuál se te ve más claro el principio? Cuéntamelo en los comentarios.

    ¡Hasta la próxima!

    Si te ha enganchado la geometría, el truco de dibujo que la hace posible está en superficies regladas: las curvas de gaudí hechas con líneas rectas. Y si prefieres bajar a lo que vas a dibujar tú este curso, estructura de pilares empieza por la retícula. Cuando quieras saber si el pilar (columna) que has puesto aguanta, el comprobador está en estructuras-elu.miradapropia.org.

    Una respuesta a «5 estructuras geniales de antoni gaudí»

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